Religioso, 8 de octubre
Por: Isabel Orellana Vilches | Fuente: Zenit.org
Religioso
Martirologio Romano: En
Génova, de la provincia de Liguria, Italia, san Hugo, religioso, que,
después de haber luchado largo tiempo en Tierra Santa, fue designado
para regir la Encomienda de la Orden de San Juan de Jerusalén en esta
ciudad, y se distinguió por su bondad y su caridad hacia los pobres (c.
1233).
Etimología: Hugo = aquel de inteligencia clara, viene del germano
Etimología: Hugo = aquel de inteligencia clara, viene del germano
Breve Biografía
Hugo
Canefri es uno de los más destacados miembros de la Orden de Malta, a
la que pertenecía, y particularmente venerado en Génova. Vino al mundo
en Castellazzo Bormida, Alessandría, Italia. No existe unanimidad en la
fecha; algunos la sitúan en 1148 y otros en 1168. Ésta última quizá sea
la más verosímil toda vez que existe constancia de que ese año su
ilustre familia participó en la fundación de Alessandría iniciada
entonces. Su padre era Arnoldo Canefri. Su madre Valentina Fieschi era
hija del conde Hugo di Lavagna, y hermana de Sinibaldo di Fieschi
(pontífice Inocencio IV). El peso de su apellido era de gran
envergadura. Su abuelo paterno había donado importantes sumas a la
iglesia de S. Andrea di Gamondio. Además, tenía entre los suyos personas
destacadas en los estamentos sociales, muy reputadas por su valía y
alta responsabilidad tanto a nivel eclesiástico como civil, nada menos
que condes, reyes, fundadores y santos... Aparte de ello, no se
proporciona información sobre su infancia y adolescencia.
Los
datos que se poseen se deben al arzobispo de Génova, Ottone Ghilini,
paisano y contemporáneo suyo, que había pasado por las sedes de
Alessandría y de Bobbio. Fue el papa Gregorio IX quien lo trasladó a
Génova y al instruir el proceso canónico de Hugo, sintetizó por escrito
su virtuosa vida, dando cuenta de sus milagros. Lo que se puede decir de
él con más certeza arranca de la época en la que fue elegido caballero
de la Orden de San Juan de Jerusalén (Orden de Malta), aunque en esa
época sus miembros eran conocidos como hospitalarios y sanjuanistas.
Todo parece indicar que Hugo no debió ser ordenado sacerdote, pero sí
vistió el conocido hábito que en su tiempo se distinguía por su color
negro con una cruz blanca de ocho puntas en alusión a las ocho
bienaventuranzas; el hábito cambió de color algunos años después de su
fallecimiento.
Las
cruzadas contra los infieles se hallaban entonces en su apogeo. Eran
muchos los que se integraban en los ejércitos que partían para liberar
Tierra Santa del dominio de los enemigos de la fe cristiana. Después de
la conquista de Jerusalén por Godofredo de Bouillón en 1099, el hospicio
(hubo varios y de distintas nacionalidades) construido junto al Santo
Sepulcro para la atención de los peregrinos, que había sido dedicado a
san Juan, fue donado por el califa de Egipto, Husyafer, al beato Gerardo
de Tenque, fundador de la Orden de Malta. Tras esta primera Cruzada se
convirtió no solo en el lugar donde iban a sanar sus heridas los
caballeros cruzados que lucharon en combate, sino que fue el origen del
nacimiento de la Orden puesta bajo el amparo del pontífice Pascual II, a
petición de fray Gerardo. Cuando Hugo nació, el papa Calixto II ya le
había concedido nuevos privilegios, y el Gran Maestre Gilbert
d'Assailly, el quinto, gozaba de gran prestigio. Esta Orden de
caballería estaba integrada por seculares y también por los caballeros
que habían emitido votos y tenían como objetivo la tuitio fidei et
obsequium pauperum (la defensa de la fe y la ayuda a los pobres, a los
que sufren), dedicándose a las tareas de enfermería. Además, los
capellanes, que eran «una tercera clase», se ocupaban del servicio
divino.
Pues
bien, Hugo fue uno de los ilustres combatientes en Tierra Santa.
Participó en la tercera Cruzada junto a Conrado di Monferrato y al
cónsul de Vercelli, Guala Bicchieri. Y al regresar de estas campañas,
fue designado capellán de la Encomienda del hospital de san Giovanni di
Pré, en Génova. Desde ese momento, la vida del santo, alejado de las
armas, se centró en la oración y en el ejercicio de la caridad con los
enfermos y marginados que acudían al hospital, además de los peregrinos
que iban y venían de Tierra Santa. A los enfermos los asistió
procurándoles consuelo humano, espiritual y económico. Cuando fallecían,
les daba sepultura con sus propias manos. Pero uno de los rasgos
representativos y más loados de su espiritualidad, junto a su
amabilidad, modestia y piedad, fue su fe. Con ella era capaz, como dice
el evangelio, de trasladar montañas.
Entre
otros milagros que se le atribuyen se halla el acaecido un día de
intensísimo calor. Hubo un problema con el suministro del agua, y las
lavanderas del hospital se veían obligadas a recorrer un intrincado
camino para proveerse de ella. Sus lamentos fueron escuchados por Hugo,
quien se apresuró a atenderlas. Entonces le rogaron que pidiese a Dios
un milagro, y él les recomendó que rezasen. Pero a las mujeres les
faltaba fe, y pronto su lamento se tornó en exigencia: él era el único
que podía arrebatar esa gracia; ellas estaban cansadas de tanto trabajo
en medio del sofocante calor. No le agradó a Hugo su propuesta, pero en
aras de la caridad hizo lo que le pedían, y después de orar y de
realizar la señal de la cruz obtuvo de Dios el bien que solicitaban.
También se le atribuye el rescate de una nave que se hallaba a punto de
naufragar, logrado con su oración, y la mutación del agua en vino, que
se produjo en un banquete, al modo que hizo Cristo en las bodas de Caná.
Otros fenómenos místicos que se producían a veces mientras oraba o se
hallaba en misa, momentos en los que podía entrar en éxtasis, fueron
visibles para otras personas, entre ellas el arzobispo de Génova, Otto
Fusco.
Hugo
fue un penitente de vida austera (su lecho era una tabla situada en el
sótano del centro hospitalario), que vivió entregado a la mortificación y
al ayuno. Su muerte se produjo en Génova hacia el año 1233, un 8 de
octubre. Sus restos fueron enterrados en la primitiva iglesia en la que
residía, sobre la que se erigió la de San Giovanni di Pré donde hoy día
continúan venerándose.
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